Entre mierda de mulas y tierra quemada, el sudor amargo de tu frente contaminó la herida que traías. Y no conforme con ese minúsculo rasguño, permitiste que se restregara, una y otra vez, con la yunta oxidada.
Sentiste la presencia del sol, tan caliente en medio de un cielo desnudo sobre el monte seco, que el calor se metió a tu cuerpo. Anhelando descansar, esperaste en vano que alguna nube perdida se posara sobre tí.
Hambriento, cansado, jodido por el sol, llegaste a casa: donde el olor a leña quemada esta fijo en cada hueco; un sólo espacio para todos, construido con láminas carcomidas, podridas, donde las moscas festejan a diario, las ratas y culebras encuentran la gloria; el fogón: un hoyo de tierra cavado en el piso de cemento que nunca puede estar limpio.
Necesitabas llegar; lo hiciste, pero entraste bien encabronado, a gritos pedías la comida, y todo por haber estado tanto tiempo bajo el sol. Tu madre sin decir palabra se puso a calentar tortillas en el comal; y a tus hermanas, por ser mujeres, las puso a servirte los frijoles. El caso fue que con esa jeta, las manos y las uñas con tierra, tus muñecas sudorosas dieron sazón a lo que comías; todavía sin descubrir lo que tenías en el brazo derecho.
Continuaste jalando de esa yunta mientras las moscas se avorazaban entre los montones de caca que ese animal se deleitaba en sacar; trabajo que has estado realizando desde que cumpliste los diez: te levantas a las cinco y alimentas a los pollos del corral, desayunas nada menos que los frijoles del día anterior con un poco de café, caminas al monte a cazar algo, un algo que termina en nada; de nuevo te afanas entre la tierra, la mierda de mula y la yunta que empujas: tiras, jalas bajo el sol hasta que regresas a casa a almorzar los frijoles y las tortillas.
De ahí bañarse, sólo resulta los domingos, porque el agua es cara y don José Antonio Quijano Franco es un padre codo para la higiene personal. Sólo te quedaba el consuelo de la hamaca y el descanso.
La semana pasó sin preocupación, siete días en que la herida desapareció. El martes te comenzó a doler la quijada, se engarrotaba a ratos. Amaneciste miércoles, moviendo con dificultad la boca, lo peor fue que no comiste mucho. Era molesto tragar, y eso que no fue lo suficiente grave como al día siguiente que de plano sólo tomaste agua.
Nada dijiste a nadie, en primera, eres el único varón; tus hermanas no deben hacer tu trabajo, te corresponde. Los Quijano aguantan como machos que son, no lloran, no se quejan. Así, con la terquedad de tus antepasados sobre la espalda dijiste: no es nada.., mejor no quejarse.., ya pasará...
¡Ya pasará! Que candidez florecía sobre tu desgracia. De nuevo saliste a romperte la espalda con el calor. A curar mulas, a mover la yunta oxidada. Tardaste mucho en realizar aquel trabajo que sólo debía tomar una hora. Sentiste que la espalda se puso rígida, el sol y sus efectos fueron más peligrosos que de costumbre. Quedaste más jodido.
Tampoco lo dijiste. Los demás días fueron un suplicio. Se engarrotaba el cuerpo entero, no comías, sólo tomabas agua con gusarapos que recorrieron una y otra vez tu panza. Tu madre te notaba distinto, más huraño, se asustó: ella tampoco dijo algo.
Calambres en las mandíbulas, en la espalda, siguieron atosigando al correr los días, las horas, los minutos. Las manos se pusieron duras, de vez en cuando no sentías las piernas, trataste de solucionarlo inútilmente al golpearlas contra el piso. Salías con dificultad a trabajar y fue cuando la luz te comenzó a lastimar; sudabas, respirabas intranquilo, caminar resultó una tortura, ¡ah..! pero el orgullo pudo más que el malestar. Creías que durmiendo se te pasaría.
Al día siguiente el grito de tu madre causó conmoción en tí, aún dormido. La desesperación penetró en tu ser con facilidad: estabas engarrotado por completo, sólo podías pestañar y, para colmo, te pusiste azul.
Tan asustados se encontraban tus padres porque ni en el consultorio del pueblo supieron que era; ni modos, así engarrotado te llevaron a la ciudad, al hospital. Al llegar, multitud de enfermeras fue en tu auxilio. Entraste a este cuarto con la sonrisa burlona, fija, inamovible, y la tonalidad azul del cuerpo joven. Infinidad de tubos y máquinas. La cama dura que rechinó por la dureza de tu carne. ¡Ay..!, la consternación de Don José, verlo encorvado jugando con el sombrero, viéndote sufrir. Nunca pensaste de su lado humano.
Espasmos, enfermeras, inyecciones y luego el silencio del médico, el silencio de los tuyos. Te quedó el organismo sin respuesta. Parecías sin vida, pero podías escuchar: pudiste. Escuchaste cuando el médico y tu padre se pusieron de acuerdo: hicimos todo lo que pudimos por su hijo, el tétanos hizo estragos, lo mejor es darle fin al sufrimiento. Y en vista que se explicó que la pequeña herida desapareció para fundirse con tus músculos: dotando de bacterias toda tu sangre, era mejor preparar el funeral: ya en el pueblo tenían listo todo.
Sabes que han elegido por ti desde hace quince años: decidieron el nombre que llevas y detestas, decidieron que no estudiarías más y, ahora, decidieron si vivías o no. Pero es que estas rígido, las enfermeras dicen que no respondes.., ¡ni modos!
No es para que te asustes, pero ya entra el médico con la jeringa, ¡qué hijo de su puta madre! No te preocupes, tu padre y su compadre vienen caminando detrás, lloran despacito. Se le va el único hijo varón a don Quijano. Se ve tan asustado, que ni lo reconozco.
¡Ja..! ¡Que se jodan..! Te levantas de la cama, con todo y la espuma que escapa de tu boca. Te digo: vine porque escuché que estabas muerto... y a mí ni me avisaron.