Se ha señalado en diversos medios que existe una neurosis compulsiva por la creación artística. Es tan reducido el número de jóvenes para desarrollar un arte, que al conocerlo —no digamos dominarlo— e intentar desempeñarse en él, pierden el piso y esperan que sus creaciones puedan ser comparadas con las de autores consagrados.
Se dice que los jóvenes que publican en las diferentes revistas del país no tienen trabajo de valor real y que sus textos sólo están llenos de “palabrería”. Sin embargo hay quienes no aceptan las generalizaciones (me incluyo): existe autores en los que abunda la palabrería, pero este mal afecta de la misma forma a algunos viejos lobos literarios. No se puede negar que algunos escritores sientan la necesidad de destacar escandalizando, con la creencia de que al hacerlo serán más requeridos por los lectores, muchos de los cuales son sus compañeros de taller, o del movimiento “radicales y rebeldes” del poblado que habitan. Publican todo cuanto escriben, como si la obra pudiera medirse por el número de palabras escritas.
Pero existen casos de noveles escritores que realizan un trabajo discreto, sin pretensiones de éxito (al menos no como primer fin), avocados en conocer las herramientas para escribir bien y que, además, leen. Por eso, será responsabilidad del lector hacer su juicio sobre estos enunciados y, al leer alguna obra, reconocer el trabajo de los autores o desecharlo.
No está por demás señalar que en el México actual, de cada cien personas cinco leen libros de literatura, los otros noventa y cinco prefieren “rentar la película”, y no tener nada que ver con desarrollar el pensamiento. Por eso, encontrar jóvenes menores de 30 años interesados en escribir, y sobre todo trabajar sus textos hasta intentar comprender esta disciplina es, por demás, digno de destacar. La lectura de su trabajo permitirá conocer su pensamiento y admirar su dedicación. Hay que recordar que antes de escritor es necesario ser un buen lector.
Fernández Moreno señala que el lector se identifica con una obra cuando el creador ha sabido dominar el lenguaje para transmitirlo, de manera que cuando alguien que lee señala: esto que dice este libro es cierto, la relación entre autor y lector se estrecha.
Por ello mismo, Gabriel Zaid indica: “...hay elogios que matan, elogios terminantes, elogios concluyentes, elogios que le tapan la boca a la obra”, palabras que deben pernear a los talleres de creación, cuando se trabaja con jóvenes para evitar el aplauso mecanizado que nos lleve al conformismo. Y unirnos al enunciado que Baudelaire dicta: “hay cierta gloria en no ser comprendido”, que para los jóvenes creadores, les recuerde que la voluntad no debe claudicar ante la crítica.
La obra prístina que vemos aparecer hoy en
Mario Pineda, Nelson Ibarra, Ivi May, Patricia Garfias y Armando Pacheco, unidos en voluntad hoy vienen a mostrarnos parte de su obra. Sus creaciones nos van dejando sus experiencias literarias, sus intenciones, sus búsquedas y sus encuentros con la palabra que expresen su sentir en el tiempo preciso en que les ha tocado vivir.
Recrear en el lector la intimidad, no temer ser penetrado o penetrada. Arrojarse sobre la sangre con fuerza suficiente para gritar sus propios mundos y salvedades. Hoy los miembros de
Esta generación lleva tatuada en los huesos la insignia de sus aquelarres que los impulsa a no seguir las normas establecidas que, con ayuda de los medios de comunicación, secuestrados por los melodramas diarios, crean retrocesos conductuales en la humanidad, arrastrando a los débiles al suicidio, y a los más fuertes a la postura de rechazar con rigor las normas, señalándose parte del vicio y la contaminación.
Ya José Luis Martínez en su ensayo Problemas de la historia literaria señala que “el escritor en ciernes iniciará su vida literaria compartiendo, con algunos de sus amigos, las enseñanzas escolares que recibe y las lecturas que procura”. De esta forma llegamos, algunos, a visitar talleres de lectura o de creación literaria, en los que por primera vez decidimos abrir nuestra voz ante esos extraños que se dicen “intelectuales”. Y tiene razón el maestro Martínez cuando nos dice que “todos (refiriéndose a los autores primerizos) posiblemente comienzan haciendo versos (…) algunos intentan la prosa narrativa o el ensayo; poquísimos el teatro”.
Preocupados por la vida, o no, el arte por el arte prevalecerá en la creación, y no será necesaria la espera de que los textos sean trascendentes; que el mundo señale, “miren, ahí va un poeta”, que traducido podría ser “ahí va otro vago más”.
La poesía es supervivencia, libertad en abandono, del encierro de la carne, las solturas hacia nuevos mundos inventados o revisitados. A pesar de nosotros, a pesar de las masas, de las certificaciones de calidad ISO 9000, la literatura permanece abierta e insondable, incomprensible, invicta,... para ser descubierta, para contaminar los espíritus. Es droga, medicamento, lavativa, asesinato. La literatura es mortal en los cerebros, parasita y asedia como un maldito lobo junto el único pozo de agua dulce. Hay que enfrentarlo.
Son estos círculos del vicio los que, en esta contemporaneidad, interesan a las nuevas letras. Romper de una vez y para siempre, con las cursilerías que se publican, aventar ladridos a la luna para dejar atrás las mariconadas del influjo en la pasión. Deshacer las nubes de la razón y taladrar las neuronas de los que siguen viviendo el romanticismo, el modernismo arcaico y obsoleto, el surrealismo vital que a todos nos consume... Esto nos vienen a entregar con estas plaquetes: Cuadrante nostálgico, Celebración de un día ordinario, Los cantos del señor sin orejas, Hymenoplastia y Entidad en el exilio.
Liberarse de la sociedad cueste lo que cueste. Lograr separarse, sentirse ajeno a un mundo en el que los “chicos y chicas pop” que se refugian en los láseres de las discotecas, o en ese parloteo inútil de preparatorianos que crecen enajenados con modas hollywoodenses aprendidas en la televisión por cable, aplicados en pensar lo menos posible e imitar a los “chicos rudos y bonitos del MTV”. Y olvidarse de las pretendidas poses de: soy escritor y debes respetarme.
¡Escúpeme mamita mía, que me sangre la nariz en tu ausencia!
Y la literatura es la ausencia (tiene que serlo), que como virus se reproduce dentro del escritor. Ausencia que duele y enferma, causa de la neurosis nocturna que padece el autor con sus creaciones. Invocar al sexo como antídoto para hallar la paz, y si se fracasa, ya que. A pesar de todo, sólo puede conseguirse el placer por medio de una noche alcohólica.
El mundo mediático avasalla con sus idioteces. Gira rápido la ruleta sin detenerse por nadie, y los autores perciben un futuro desierto y sin remedio. Escapar a la sensación de niebla que invade las conciencias, es elevarse en un gemido. No ser uno más de los millones de habitantes del planeta. Dejar bien plantada la huella para no ser instrumento en una sociedad que despersonaliza al ser humano, al individuo, ya que, en busca de la calidad se señala que sólo los procesos importan y no las personas en su materia individual, como dictan las nuevas tendencias de la cultura de la “calidad”, hacinando masas.
Y no es la crítica, es el tiempo histórico el que hará inmortal a los poetas.

La Catarsis Literaria El Drenaje se reúne los viernes a las 6:30 de la tarde, en la Biblioteca Pública Central Estatal Manuel Cepeda Peraza de la ciudad de Mérida, Yucatán.
Escríbenos: romeolobos@yahoo.com.mx
Bien chicos, lastima no pude ir, pero bueno ya me contaron que estuvo todo baste bien y que con su característico sentido del humor le hicieron pasar un buen rato a la gente, ¡Bien por ustedes! Que hagan más cosas para callar bocas y pues más que nada para sus futuros, ustedes si son Expresiones, pero no emergentes, sino Concientes. Sigan adelante...